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VILLANUEVA DEL CAMPO
CUADERNO DE TIERRA DE CAMPOS

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JOSE ANSELMO MORENO

Siempre pensé reunir una serie de relatos cortos como éste. En total hay catorce, diez de Villanueva, y lo iba a titular Cuaderno de Tierra de Campos. Alguien lo leyó y me dijo que a la Diputación podría interesarle, pero prefiero que estén aquí por dos razones, primero; porque no creo que sean buenos y en segundo lugar, porque prefiero regalárselos a mi pueblo, ya que de Villanueva y de las personas que allí están, tirando del carro, lo he sacado casi todo. Gracias a ellos por formar parte de mis recuerdos y a Juan por hacer de vehículo transmisor.


TERTULIAS EN LA CALLE DERECHA


...El verano suponía su regreso a Villaverde del Campo.

Al cabo de unos días se implicaba de tal manera en la vida del pueblo que sentía sus latidos como algo propio.

Aquel año ya había cumplido los catorce y era la primera vez que llegaba solo a la plaza, en el coche de línea. Sin embargo en algún punto del viaje, posiblemente cerca de Castronuevo, se había sentido aturdido y confuso.

Por alguna razón, en aquella oportunidad no conseguía zafarse de la etiqueta de chico de ciudad.

Hubo un tiempo en que los límites de Villaverde suponían la frontera de todo lo conocido para Josechu, pero ese día le invadía una sensación muy extraña e invocaba la presencia de algo o de alguien que le devolviera al ámbito de la normalidad. Josechu se veía allí solo, en medio de la plaza de toda la vida, como si estuviera fue del mundo.

Afortunadamente camino de la calle de su abuela se cruzó con Satur, el de Joaquina, y eso le devolvió al instante la sensación de que había vuelto a casa. El saludo de aquel hombre, espontáneo y sencillo, era como una seña de identidad en la calle Derecha. Satur, como la mayoría de los ancianos de Villaverde, saludaba a grito pelado y después seguía hablando para si durante algunos metros más, como desgranando sus conclusiones sobre el aspecto que llevaba el transeúnte. Este protocolo se acentuaba de forma notable si se cruzaba con alguien ajeno al pueblo, pero a juzgar por su actitud de aquella tarde, Josechu no era todavía para Satur lo que se dice un forastero. La imagen de aquel hombre, la de casi siempre en el lugar de siempre, fue como una pancarta de bienvenida y Josechu siguió transitando por la calle Derecha, donde volvía a sentirse acogido, como casi siempre .

Mientras golpeaba la puerta con ansiedad escuchó a lo lejos la voz áspera y desagradable de Miguel, el zapatero, que saludaba a Modesto el pastor, ambos con su inevitable cigarrillo en la mano derecha. Los personajes iban apareciendo y la escena poco a poco se iba completando. A unas voces sucedían otras que por ser tan habituales resultaba imposible desgajarlas de aquellas calle y pretender que aún siguiera siendo la misma. La calle Derecha no era tal por el letrero de la esquina, que por cierto decía calle Generalísimo, sino por la gente que estaba tan adherida a ella como los ladrillos o el cemento de sus casas, esas casas que una vez por semana pasaban revista a la gente engalanada para acudir a la misa del Cristo.

Josechu también se sentía entonces una parte de aquella representación. Mientras la calle Derecha fue su patria, nunca le preocupó lo que sucediera fuera de sus límites, regresar le rescataba del hastío y, de algún modo, le devolvía a su imagen más sosegada.

Lo mejor de la calle Derecha eran, sin duda, las tertulias espontáneas a la luz de las farolas que hacían innecesario cualquier medio más o menos oficial de transmisión de noticias. Una pequeña silla a la puerta solía servir de cebo desencadenante y constituía por si misma un mensaje en clave inconfundible, ya que expresaba el deseo de conversación de los que vivían en la casa. Así, y siguiendo este procedimiento, la abuela de Josechu ponía una vieja silla en la puerta poco antes de cenar con el objetivo de convocar a los vecinos. Al poco tiempo, ese inocente artilugio de madera parecía haber procreado, ya que hacía de reclamo para unas pocas sillas más. Poco antes de que lo mozos comenzaran a salir ya estaban organizadas las tertulias que iban a vigilar sus pasos sin piedad y sin discreción alguna... Bien pensado, ¿para qué hacía falta?. El que pasaba por uno de esos puntos estratégicos del pueblo ya sabía a lo que exponía. Antes de que terminara de decir buenas noches , los contertulios ya habrían comenzado a hacer de las suyas...

Josechu asistía sin falta a la primera tertulia del verano. Sabía que en apenas media hora conocería pelos y señales sobre cualquier movimiento demográfico o acontecimiento social de la crónica negra o de la rosa o daba igual el color... Lamentablemente, aquella noche había poca actualidad y la cosa comenzó con asuntos ciertamente irrelevantes, pues a Josechu poco o nada le interesaba si había parido la marrana de Atanasio. Después la conversación se fue animando porque al chico de La Millonaria se le ocurrió pasar por allí en vísperas de su boda con la mayor del chatarrero y la polémica, como sin querer, no tardó en asomarse... ¡Pobre chaval!, dijo alguien, porque, al parecer, era el único hijo de una pudiente señora e iba a casarse con la primogénita de una familia escasamente adinerada.

El tema de aquella noche serían los matrimonios de conveniencia. Y en estos asuntos el que más juego daba era Satur, que solía ser, gracias a Dios, muy tolerante: ¡Dejad a los chicos que hagan lo que quieran!, decía mientras devoraba en su boca el mismo palillo de la noche anterior.

A Josechu le gustaba asistir en silencio a esas conversaciones, en realidad aquello era como leer el periódico de la mañana una horas antes y él aún no tenía edad para debatir, así que cuando algo le interesaba daba otra vuelta a la silla y escuchaba discretamente hasta que la abuela le pedía una chaqueta porque ya iba haciendo frío. Con chaqueta o sin ella y hasta con torvas, aquellas reuniones no finalizaban mientras había temas de conversación o hasta que Santiago, el hijo del transportista, se espurría y apelaba a su madrugón del día siguiente para ir batiéndose en retirada, lo cual no impedía estar media hora más, pues ese tipo de despedidas en Villaverde duraban, por termino medio, más de veinte minutos.

Lo de Santiago era curioso porque el sueño no le impedía estar clarividente toda la noche, pero sí era óbice para, por ejemplo, poder ver la televisión. Según relataba, después de aquellas interminables tertulias llegaba a casa y ponía su aparato Telefunken, nuevecito y en color, pero a los cinco minutos entraba en un profundo sueño.

Definitivamente, las tertulias de la calle Derecha, como las de cualquier otra, eran tan reparadoras como edificantes. En la ciudad, Josechu veía la tele y después leía un espantoso libro para dormirse, pero en Villaverde tenían su espectáculo a la puerta y con un guión casi siempre improvisado, así que la mayoría hacía lo mismo que Santi, el hijo del camionero. El televisor sólo acentuaba la somnolencia tras una animada tertulia vecinal y además, como solía decir el abuelo Nicasio, sólo se veían paparruchas...

Esa gente, que había sobrevivido más de media vida sin televisión, eran auténticos héroes para Josechu. ¿Cómo era posible subsistir sin las teleseries o las retransmisiones en directo de los partidos del Real Madrid?. Eso, por no hablar del vídeo... Al parecer, ya había uno en el pueblo, pero Satur todavía no acertaba a pronunciar su nombre correctamente. Debía parecerle una herejía aquel dichoso aparato porque lo llamaba vidrio y no había modo alguno de impedirlo.

Tal vez porque para Satur el vídeo sólo era una especie de caja de galletas cuya única utilidad en el futuro podría ser reponer las películas de Sara Montiel cuando se le antojara. Entonces le diría a Joaquina ¡qué guapa era esa mujer de joven! como hacía siempre, aunque si insistía mucho en ponderar la belleza de la actriz recibía al instante el reproche de su mujer: ¡No te amuela, mira este, todas hemos sido guapas a los veinte años!. Y el pobre Satur , en un alarde de diplomacia poco convincente, respondía: Tu eres la más guapa, aunque no seas la protagonera de ninguna película. Y Joaquina dejaba correr lo de protagonera porque ya pasaban de cien las veces que le había corregido.

Las patadas al diccionario de aquel hombre eran tan espectaculares como entrañables. Con frecuencia encontraba un modo mucho más largo y complicado de decir las cosas y tal vez fuera incorrecto, pero aquello le distinguía. ¡Qué carajo le importaba mientras le entendieran!.

A la abuela le ocurrió lo mismo, cuando aparecieron los primeros kiwis en el comercio de Anuncia. Debió pensar que eran un producto manufacturado y que alguien lo había inventado, ya que cuando se los recomendó el médico no le entraba en la cabeza que era una fruta como otra cualquiera y, sobre todo, no había modo de evitar que los llamara tiruvis, así que acabó pidiendo en la frutería contigua a su casa medio kilo de eso verde y ¡santaspascuas!.

(continuará)


FUEGO A LA HORA DE LA SIESTA


... Además de las tertulias a la luz de las farolas, otra de las cosas sagradas en Villaverde era la hora de la siesta. Quien osaba ignorar la hora de la siesta se tropezaba con un pueblo vacío, casi fantasmagórico. El calor y la extraña soledad de las calles invitaban a cualquier cosa menos a pasear, pero a Josechu le gustaba, porque se sentía a solas con el pueblo. Pasear a las cuatro de la tarde resultaba algo excéntrico y disuasorio, pero era como mirar a los ojos de Villaverde y decirle: ¡Aquí estoy yo, desafiando a todos los demás!.

Era un día de agosto, tal vez lunes, pero eso daba igual, era la hora de la siesta y eso significaba que el mundo se había parado. Josechu se disponía a iniciar su paseo vespertino, esta vez en bicicleta, pero en medio de aquel absoluto silencio irrumpieron con brusquedad las campanas de la iglesia de El Salvador. Josechu no supo interpretarlas. A misa no tocaban, ya que ningún cura, y menos Don Fernando, movilizaría a sus feligreses a esas horas y a difunto tampoco, porque esas sí sabía distinguirlas desde que murió la bisabuela Jacinta.

De repente escuchó chirriar la puerta de la casa de Antonio y, sólo un segundo después, una pregunta inquietante: ¿Dónde es el fuego?. Esas campanadas tan extrañas anunciaban un incendio y Josechu se quedó paralizado, porque nunca había visto ninguno y siempre había asociado el fuego con algo pavoroso.

Se abrió la puerta trasera y apareció fugazmente la vecina de la casa de enfrente. Era Angela, una mujer fuerte, pausada y con cierto halo de suficiencia que en aquel momento parecía estar fuera de si. ¡Vamos, vamos, es la casa de Aquilino, se está quemando!. La abuela no debió escuchar nada, porque todo siguió en silencio, pero Josechu salió corriendo, ya que le sorprendió ver a Angela en aquel estado de excitación.

¿Y dónde se encontraba la casa de Aquilino?. Estaba bastante lejos de la calle Derecha, pero no había más que seguir los pasos de la gente para averiguarlo. El pueblo había despertado bruscamente y en apenas un par de minutos todo el mundo parecía acelerado y confuso. Aquel día, Josechu iba a comprobar cómo se movilizaba Villaverde cuando se lo demandaban, aunque fuera a la hora de la siesta y, de paso, aprendería una de sus lecciones no escritas, las que se graban para toda la vida.

Alguien necesitaba ayuda y allí estaba el pueblo entero, con su corazón, sus pies y sus manos; con la gente criticona, la del campo, los de las tiendas, las beatas, los cascarrabias, el tipo simpático y al que no aguantaban ni en su casa. No faltaba ni el mendigo, un hombre voluminoso que caminaba con dificultad envuelto en veinte gabanes y que, probablemente, estaría en los huesos, aunque, paradójicamente, tenía nombre de emperador, Teodosio.

Apenas se apreciaba dónde nacía una fila interminable de gente. Pequeños recipientes de todo tipo luchaban contra el humo abundante y oscuro que salía de una de las cuadras de aquella casa de dos plantas, casi a las afueras del pueblo. Parecía una pelea desigual, Don Quijote contra los molinos o los gigantes, pero nadie desfallecía. El agua se sacaba de cualquier parte y Josechu hubiera dado lo que fuera por sentirse útil, pero un desconocido, posiblemente un forastero, no le dejaba ni acercarse, así que miraba a su alrededor, sorprendido y sin saber muy bien qué hacer.

Si le dicen entonces que aquello que tenía ante sus ojos la gente con estudios lo llamaría solidaridad, le hubiera parecido una solemne estupidez. No conocía esa palabra porque jamás le hizo falta y no se imaginaba a Satur o a Miguel pronunciando semejante trabalenguas. Sin embargo, cuando llegó a la casa de Aquilino, allí estaban todos y ellos dos también, juntos, pasándose cubos apresuradamente aunque no se hablaban, ni mucho ni poco, desde la división de no sé qué tierras. Eso que tenía ante si, se llamara como se llamara, no lo aprendió en ningún libro, ni siquiera en la escuela de verano de Don Ventura, se lo enseñó Villaverde del Campo un día de agosto, a la hora de la siesta.

Mientras escuchaba las voces de quienes se ponían al mando de las operaciones, retrocedió dos pasos y chocó con alguien. Era Jaime, el alcalde, el mejor amigo de su padre y, posiblemente, el mejor amigo de cualquiera. Aquella fue la primera vez que le vio nervioso. Su talante de hombre bueno y tranquilo había iluminado la infancia de Josechu, que aún recordaba cuando le dejó conducir su viejo coche azul, una tarde, regresando de la siembra, bajo un débil sol de otoño. Con apenas siete años se empeñó en coger el volante y Jaime, con la complicidad de su hijo Tasio, le sentó encima de las rodillas y le dejó dar algunos vaivenes al volante mientras transitaban por la carretera de Castronuevo, afortunadamente desierta, ya que aquel R-4 comenzó a dar unos bandazos preocupantes.

Y allí estaba Jaime en medio de aquella sacudida de tensión y adrenalina, que no casaba en modo alguno con su pacífico carácter. Parecía pensativo y raro, como a punto de desmoronarse. Algo terrible podía pasar si es que Jaime no acertaba a sonreír, pero enseguida reaccionó, levantó la cabeza y le dijo a alguien: ¡haced lo que os he dicho, pero que sea rápido!. Debieron hacerle caso porque al cabo de quince minutos las caras y los gestos comenzaron a relajarse y el pueblo recuperó su tensión habitual.

(continuará)


El REY DE LA ERA


Cuando todo acabó, Josechu observó discretamente a la gente que aún permanecía en la cuadra y enseguida le vino a la cabeza de quién era aquella casa. El dueño era el padre de Kili, un chaval mucho mayor que él, pero aún le recordaba con su aire bucólico y descarado.

En las eras del pueblo, Kili era el rey y su figura se agigantaba porque allí, en su territorio, parecía mucho más vivo y despierto que los demás.

Comenzó a conducir un tractor en cuanto le llegaron los pies un poco más allá del acelerador y, tal vez, su primer compañero de escuela había sido el perrazo leal y obediente que le reunía sus ovejas.

Kili era una especie de eremita, tenía el pelo largo y rizado y parecía haber vivido toda su vida en el campo, ajeno a todo, también a la gente de su edad...

(continuará)